Ser diseñador es acerca de dibujar con palabras de otros, pero tiene que ver con comunicar y con transmitir.

Este es un cuento que escribí por ahí por 2003 y que encontré de casualidad hoy, al tomar un cuaderno. Lo comparto para que no muera un día, en una trituradora…

Cae la noche, a mi alrededor sólo desierto y desolación…
La quebrada se cierra delante mío. Giro, doy vuelta y el paisaje hacia atrás no es distinto, los montes se entrecruzan formando muros impenetrables.

Ya no sé cuánto he caminado, debe ser mucho, pues mis piernas flaquean en cada paso, tropezando con peñascos, hundiéndose en la arena, resbalando en la tierra. Ya no veo el camino, sólo penumbras entre la bruma que lo cubre todo: una niebla espesa que anula mis sentidos ¿voy hacia adelante o camino en círculos? el lugar es cada vez distinto y el mismo al unísono. Al principio intenté grabar en mi memoria las rocas peculiares para tener puntos de referencia, pero al rato me di cuenta que es inútil; aun no sé si he pasado muchas veces por los mismos lugares o si estas rocas se repiten cíclicamente.
Una y otra vez aparecen ante mí, cada vez más tenues, cada vez más difusas. Cuando reconozco una, me aterro y la desesperación se apodera de mi ser, sube por mis piernas -tan cansadas que tiemblan- y luego viene un escalofrío que sube por la espalda y me hace sudar aun más. Siento que mi cabeza explota por el miedo, por el terror de saber que estoy perdida, atrapada en un valle de sombras, donde estoy completamente sola sin poder encontrar una salida. Entonces corro, corro con todas mis fuerzas huyendo del terror, de la desolación, intentando dejar atrás la soledad, el miedo, el hambre, la sed. Pero mientras más rápido corro, más se apuran las montañas en cerrarse frente a mi. La vastedad me absorbe y me siento pequeña, cada vez más. Mientras, sigo corriendo y los montes siguen creciendo, entonces tropiezo y caigo; ya no sé cuántas veces la piedra ha vencido mi pie, mis rodillas caen al piso y otra vez las palmas de mis manos chocan contra la tierra.
Pequeña, cada vez más ínfima, miro el cielo que se alza lejano sobre las nubes. Techo inalcanzable, mudo testigo de mi soledad. Me encojo más hasta casi desaparecer. Desearía desaparecer para así terminar con esta pesadilla, pero me paro, miro alrededor y comienzo otra vez el camino. Esta vez tomo hacia la derecha. La fatiga me consume, pero sigo en pie caminando a paso incierto, dubitativa, temerosa y aterrada de encontrarme nuevamente en el mismo lugar.
Cada vez está más oscuro, ya no hay sombras, no hay luna, no hay estrellas… sólo bruma blanquecina que me envuelve y ennegrece. Todo parece desaparecer a mi alrededor: el camino, los grandes muros de piedra, el cielo. Estoy atrapada en la nada, en la inmensa nada, absoluta; nada e infinito a la vez, en la nada que soy yo y mi terror, que sube nuevamente por mis piernas tocando cada fibra de mi ser, se desliza rápidamente hasta la punta de mis dedos, hasta la punta de mi pelo y me ahoga, cierra mi pecho y no me deja respirar.
Sólo siento el latir de mi corazón que explota en los tímpanos y nubla aun más mi visión. Entonces grito. Grito tratando de respirar, grito tratando de despertar, grito tratando de escapar. Pero el alarido se apaga en mis labios, es tragado por la niebla que lo envuelve todo. Y grito otra vez. Una y otra vez, sin que nadie escuche, sin que nadie me rescate, porque todos los gritos enmudecen al salir de mi boca. Sólo se escuchan en mi mente junto al bombeo de sangre que embriaga mi cabeza.
Y vuelvo a correr sin ya sentir las piernas, sin saber si me sumerjo o me elevo, porque floto en la nada que me traga, que me vuelve microscópica, como una diminuta gota de agua que forma esta niebla, que me ahoga hasta no sentir.
Todo ha desaparecido: las montañas, las sombras, el cielo, los peñascos, el camino, mis piernas, mi cuerpo, los latidos, el grito, el miedo, el terror, el suelo, el aire…
Despierto sobresaltada, la respiración entrecortada, mis manos sudorosas.
La quebrada se cierra delante mío. Cae la noche, a mi alrededor sólo desierto y desolación…

Abro los ojos y veo: Cae la noche, a mi alrededor sólo desierto y desolación…

La quebrada se cierra delante mío.

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